Concurse aquí

La moda del reconocimiento se come a todas horas, se come en las redes sociales mientras te lo desayunas con unos cuantos “likes” por la mañana y en el transcurso del día te llueven notificaciones que le suben el ego a cualquiera.

 

Sin embargo, éste sistema de elogios no solo sucede en la vida cotidiana; en el terreno de lo profesional se ha dado desde hace mucho tiempo, y hablando de diseño, es el caso de los concursos y exposiciones.

 

No hace tiempo tuve la “oportunidad” de asistir a un magno evento de ésta índole, definiendo oportunidad como dos copas de vino gratis y un par de bocadillos con queso de cabra, mi favorito. El caso es que aprovechando las circunstancias, tuve un ligero acercamiento a una de éstas prácticas de auto reconocimiento que tan a menudo se dan.

 

La idea de un concurso es sencilla y en esencia parece noble, se trata de un grupo de personas que convocan a profesionales, estudiantes, independientes, agencias, entre otros, con la finalidad de lograr un grueso de participantes que propongan una solución a un problema planteado por los convocantes o jerarquizar el nivel de innovación, técnicas, conocimientos, metodologías, a través de parámetros creados por ellos mismos.

 

Y hasta ahí todo bien. Sin embargo, debido al carácter masivo con el que se han creado éstos eventos, las cosas se van tornando un tanto difusas y desde lo que he podido observar van adquiriendo un tono completamente banal, superficial y en la mayoría de los casos, me atrevo a decir, abusivo.

Desde luego que habrá que mencionar que no es el caso de todos los concursos, pero sin duda de una gran mayoría.

 

Regresando al tema, fui invitada a la premiación de un concurso de diseño gráfico para una empresa editorial, desde lo que alcancé a comprender. Entre tanto, un talentoso y vivaracho presentador, al puro estilo stand up, (cambiando el fondo de ladrillos por una pantalla de proyector) se dedicó a “explicar” cual era la dinámica en la elección de los finalistas y por enésima vez, a introducir su revista acompañado de chistes y frases como “este, si tienen alguna pregunta díganmela”, ocurrencias que al ochenta por ciento del público no le caían muy en gracia.

 

Entonces la cosa comenzó a ponerse turbia; para empezar el vino no era gratis y peor aún, no había vino, mucho menos bocaditos. El concurso se trataba de una especie holística de las categorías, cosa que no alcancé a comprender porqué competían entre sí, diseñadores gráficos, industriales, textiles, fotógrafos, ilustradores y juro por Dios que no me asombraría ver también un mimo y un medallista olímpico.

 

Hasta aquí todo ya era incomprensible, evidentemente, porque desde una improvisada pared con láminas tabloide impresas en couché mate de 300 gramos, alcancé a ver un dibujo de un pato, una lámpara, una silla de proporciones cuestionables y una ilustración de una calavera con flores, vagamente recuerdo a una lámpara de techo que de lejos me pareció bella.

 

La organización al muy estilo galería de arte en centro comercial con impresos de sus respectivos creadores y el título de sus obras, desde luego me pareció incoherente, quizá porque yo no participaba en el evento, pero entre el comediante, el contexto, el ambiente, el muro de auto reconocimiento (sí, había un muro para escribir tus comentarios y elogios al concurso), que más bien simulaba un muro de Facebook, no me quedaba la más clara intención del proyecto; Si se trataba de diseñar la portada de la revista, ilustración para litografía, concurso de mobiliario, iluminación, o una curaduría de arte.

 

Lo único evidente, además de la falta de vino y el calor sofocante, era que al parecer pocos tenían claro en que categoría serían reconocidos o bajo qué parámetros serían evaluados los diseños, además del “fue muy difícil elegir al ganador porque había muchos proyectos padres” del sabio comediante, cosa que justificó con la homogenización de todos los participantes en un solo rubro con la elección de una ilustración en blanco y negro como ganadora del evento.

 

El asunto de todo esto es, por un lado, la falta de profesionalismo y desde luego la legitimidad de no solo éste, sino cientos de concursos que son ofertados en nuestro país, y en los que invariablemente, tienen impacto en sus convocatorias y ya sean diez o diez mil participantes, sostienen a los organizadores de su más honesto trabajo creativo. Porque aquí el asunto no es la mala organización, sino la mentira tanto de organizadores que se cuelgan del talento de otros y de proyectos mediocres justificados con concursos, donde el ticket de entrada que los proclama “talentosos” llega a través de un e-mail de registro.

 

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