Retrospectiva

Era el año dos mil, y en un contexto de guerra entre países, atentados terroristas, derrocamiento de partidos políticos y nuevos descubrimientos en la ciencia; me encontraba de 8 años, atormentada por un Pantone 16-1548.

 

Eso respondía a la pregunta: ¿Cuál fue tu primer acercamiento a la vivencia estética?, que me hacía un buen amigo docente, con el que usualmente platico sobre las dolencias y parabienes del diseño en el mundo, quien trataba de entender el inicio de mi interés por la armonía plástica.

 

Bien, mi casa en aquel entonces se encontraba entre la más famosa frase de Hamlet “ser o no ser”; rodeada de costales de yeso, estructuras de madera y vaciados de concreto, esperaba que la obra fuera lo suficientemente estable como para ser intervenida al estilo extreme make over; mientras, esperando que los albañiles tuvieran el mínimo sentido común de volver a  enjarrar aquel espacio que no había quedado uniforme.

 

Aquella escena de mi cabeza saliendo de entre los barrotes de la ventana para ver los avances era repetitiva en tanto que si los albañiles fueran curadores del performance ya habrían llevado la instalación a un cuarto obscuro para su observación (léase el sarcasmo), bajo la explicación de “La crítica romántica en la mirada ausente” (vuélvase a leer el sarcasmo).

 

Ante dicha coyuntura, mi cualidad imaginativa me permitió viajar entre los deseos armónicos de mis papás, los míos, los colores, las texturas y las formas. Me involucré en la elección de los pisos, la marquesina, el diseño de la cenefa, las molduras y la herrería. Ahí estaba yo, recorriendo la obra con una copa de vino en la mano (un vaso de polietileno con jugo de uva), admirando los avances de mi bella creación.

 

El caos comenzó cuando se acercó el día de elegir el color primario de pintura con su respectiva gama; yo ya tenía mi propuesta inalterable al minuto de ver el catálogo, sin embargo, tanto la falta de dinero propio como aquel color rosado de tintes salmón que tanto gustaba a mis padres, amenazaba con destruir la visión que tanto había soñado.

 

Fue así como en el kilómetro 15 de la carretera Internacional de Mazatlán, no me quedó más ecuánime solución que plantarme a llorar.

 

Mi capacidad diseñadora estaba reducida a la simple intuición sensible y la imaginación de atributos que aún no comprendía, por supuesto no podía explicar que la integración orgánica de mis ideas a través de esa imaginación era lo que me permitía ver un todo armónico y rechazar aquella pintura por antiestética. No podía explicarle a mis papás porqué la casa necesitaba de esa elección de pintura, sólo llorar con la conmoción de alguien realmente desdichado.

 

Así entonces, sin necesidad de explicación coherente y ante semejante escena, mis padres permitieron mi primer goce estético y la libertad innata para su desarrollo; años más tarde a través del aprendizaje de principios fundamentales en el arte y diseño, que facilitarían mi visión de compartir al mundo las emociones surgidas a través del goce estético, en experiencias creadas para el disfrute del mismo.

 

La experiencia estética, por su facultad eminente se perfecciona, se educa y transforma. Hace 6 meses quise volver a ver mi casa como aquella vez; la pinté de blanco.

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